martes, 4 de marzo de 2014

El cuerpo en el Espacio


            El cuerpo en el Espacio.
Joaquín Benito Vallejo - "Cuerpo en armonía" -leyes naturales del movimiento- Ed. INDE.

                      El cuerpo está siempre inmerso en el espacio, ya sea en la inmovilidad o desplazándose por él. Es el primer medio físico, junto con la fuerza de la gravedad terrestre, del cual depende el ser humano, donde  toma el aire que respira y en el que se relaciona y comunica con los demás. El espacio humano es un espacio aéreo que ejerce un determinado grado de resistencia al movimiento, al cual ha de adaptarse la fuerza muscular de forma similar a como lo hace a la fuerza gravitatoria. Supone una resistencia concreta a vencer con nuestro movimiento, que determina sobre todo, el grado de tensión muscular, distinta a la empleada en el espacio líquido de una piscina. Sin espacio, igual que sin gravedad, nuestra tensión muscular no tendría razón de ser, ni tampoco nuestros músculos ni huesos. Se ha demostrado ya científicamente, que en condiciones de microgravedad, se produce atrofia muscular y descalcificación ósea.

Según nuestra exposición sobre la filogénesis, creemos que la estructura corporal es el resultado de los logros del movimiento por alcanzar la forma óptima de desenvolverse en el espacio. El movimiento humano ha conseguido adueñarse de todo un espacio tridimensional: con su mirada logra ver todo el espacio a su alrededor prácticamente sólo con el movimiento de la cabeza; con sus brazos y manos llega a todos los puntos y direcciones de su entorno próximo; con sus piernas se desplaza por el espacio terrestre, casi sin límites.

            La conquista de ese espacio se relaciona con el desarrollo de la personalidad y del conocimiento. Adquiere un significado afectivo y una estructuración cognoscitiva.

            El cuerpo humano tiene una estructura simétrica bilateral, como todos los animales vertebrados. Pero se considera distinto a ellos porque en su lucha por una mejor adaptación a la tierra y al espacio aéreo, su cuerpo se ha verticalizado. Esa simetría vertical es la referencia del equilibrio corporal supremo. El mismo cuerpo ocupa un espacio propio en la inmovilidad. Las diferentes partes del cuerpo tienen una estructuración espacial conformando una unidad. Se da una interrelación espacial entre el conjunto de las partes, distribuidas en un espacio tridimensional respondiendo a ejes y planos, formas y volúmenes. La misma configuración ósea y muscular así como sus diversas acciones responden a una compleja estructuración espacial. Cada articulación y segmento corporal mantienen un tipo de unión entre sí que delimitan y conforman su movimiento y por lo tanto, su trayectoria en el espacio. La salud de esas articulaciones, su flexibilidad o su rigidez condicionan también la espacialidad del movimiento, propiciándole un espacio más amplio o restringiéndole a un espacio más pobre.

El espacio próximo que rodea nuestro cuerpo, por el cual se pueden mover nuestros brazos, piernas o columna, sin desplazarse, lo denominamos kinesfera. Es un espacio íntimo, personal, propio, un espacio de seguridad que forma parte de nuestro ser, sin el cual nos sentimos oprimidos o agredidos. Es el espacio donde tienen lugar los intercambios con los otros, las relaciones y la comunicación. Aceptar al otro en nuestro espacio, compartir la kinesfera, significa aceptarle.

Prácticamente, casi todos los movimientos describen una trayectoria curva en la  kinesfera, excepto algunos movimientos segmentarios y las acciones producidas por los estiramientos y empujes, que tienen una trayectoria recta. A estos últimos se les define como movimientos directos.

las rotaciones producen más bien, giros, ondulaciones, bucles: movimientos curvos; las flexiones y extensiones: arcos hacia adentro o hacia afuera. El movimiento  más simple y sus múltiples combinaciones, expresan dimensiones, volúmenes, formas, direcciones, trayectorias y diseños distintos en el espacio. Todos son el producto natural del diseño especial de la articulación, de los engranajes con los huesos y los músculos, de la zona donde nacen, así como del pasaje del movimiento, de la calidad del tono o del ritmo, pero a su vez, las múltiples variantes espaciales enriquecen y flexibilizan el juego articular y la expresión del movimiento.

            Cuando estos movimientos son muy amplios, y nos movemos en los confines y los límites de la esfera, nuestras articulaciones se abren al máximo y nuestros músculos se estiran. Nuestro espacio de movimiento se amplía, lo que nos proporciona una sensación de mayor libertad, de mayor potencialidad, de mayor autoestima y valoración. Si nuestras articulaciones están anquilosadas y nuestros músculos acortados, tenemos muy restringido el movimiento, nuestra kinesfera es más pequeña. Nos sentimos muy limitados, con menos dominio, con menos libertad.

            Una persona tímida hace gestos y movimientos pequeños, tiene una esfera reducida por temor e inseguridad. Un grandilocuente, por el contrario, realiza gestos amplios.

            También podemos ampliar nuestra kinesfera cuando proyectamos el movimiento lejos de nosotros. Un ejemplo concreto es el lanzamiento de  un objeto. Este es un símbolo de nuestra fuerza y potencialidad. Sin necesidad del objeto concreto, nuestros movimientos y gestos también pueden ser proyectados fuera de nosotros. Nuestra fuerza puede irradiar y ser también un símbolo de nuestro yo, un medio de establecer una comunicación, un contacto con el espacio lejano, un espacio para dar y recibir.