DIMENSION BIO-PSICO-SOCIAL DEL MOVIMIENTO
Por otra parte, en cuanto hay
movimiento existe inevitablemente relación con el exterior, con el medio
social. Esta relación es imprescindible
para poder vivir satisfaciendo un amplio espectro de necesidades de diverso
cariz: alimento, afecto, sexualidad, trabajo, conocimiento, etc., ligadas con
el mantenimiento del organismo, del psiquismo, de la especie y de la sociedad.
No es tampoco, una relación unidireccional en la que el organismo, a través del
movimiento, recibe del medio lo que necesita para subsistir. Por el contrario,
se produce un intercambio mutuo entre individuo y sociedad. Actuando sobre el
medio ambiente y social, el ser vivo, a la vez que se modifica a sí mismo,
participa en la transformación del entorno material y social que le rodea. Es
otra retroalimentación entre organismo y medio, entre individuo y sociedad.
Contemplamos al movimiento desde una
órbita constituida por lo biológico, lo psicológico y lo social. El movimiento
se desarrolla entre estos tres ámbitos. No sólo los liga y une, se siente a la
vez sujeto y objeto. Depende de ellos y les hace dependientes.
Todo cuanto hacemos desde que nos
levantamos hasta que nos acostamos está mediatizado por el movimiento:
Levantarnos, asearnos, preparar el desayuno, desplazarnos para ir al trabajo,
trabajar, relacionarnos con otras personas, ir de compras, hacer deporte,
bailar, encontrarnos con los amigos, contarles nuestras preocupaciones,
expresarles lo que sentimos, emocionarnos, llorar o reír, amar,... todo.
En cada una de esas acciones se
pueden distinguir funciones biológicas, psíquicas y sociales. Sin embargo no se
podría precisar cuales de esas funciones se realizan independientemente unas de
otras. Todas las funciones se desarrollan interligadas, potenciándose y
condicionándose mutuamente. En todas las acciones cotidianas el movimiento está
desarrollando un trabajo físico,
utilizando fuerzas y transformando energía, para lo que se nutre del propio
cuerpo, de sus funciones orgánicas y de su estructura óseo muscular. Pero, a la
vez que se alimentan del organismo, esos movimientos cotidianos están activando
todas las funciones corporales: respiración, circulación, digestión,... están
manteniendo apto y activo el propio instrumento hacedor del movimiento: el
sistema óseo, muscular y articular, el propio cuerpo.
En este caso se puede distinguir
claramente una función biológica donde organismo y movimiento se retroalimentan
mutuamente. Esta es la función más elemental.
Estas
acciones, además, están alimentando y transformando la esfera psíquica en
cuanto a la conciencia y a la
afectividad. Acciones y relaciones producen estados de ánimo por un lado, y
conocimiento por otro. La psiquis no es más que el resultado de la interacción
entre organismo y medio: la organización y la consciencia de las relaciones del
propio organismo con el medio que se traduce en afecto, conocimiento,
comunicación, participación, compromiso. Estas cualidades de la psiquis generan
nuevas interacciones tanto sobre el propio cuerpo como sobre el ambiente
exterior.
No basta con decir que la función
física es la base de las otras funciones, como a veces se argumenta, en
realidad no puede existir sin ellas. La entidad bio-psico-social está en germen
desde el principio de la vida, aunque de una forma muy rudimentaria, alcanzando
después su máxima diversidad y complejidad en el ser humano. Esas funciones
interactúan unas sobre otras formando un entramado que resulta imposible descifrar
en todas sus consecuencias.
Las acciones realizadas diariamente
demuestran que el movimiento nos proporciona autonomía e independencia en el
plano personal y social. El movimiento
nos posibilita llegar a tocarnos todas las partes de nuestro propio cuerpo;
abarcar todo el entorno próximo en todas las direcciones y planos; desplazarnos
cambiando de lugar, prácticamente sin límites. Esta espiral tridimensional del
movimiento nos permite satisfacer las necesidades más íntimas del organismo
respecto a su cuidado, higiene y alimentación; la búsqueda y la realización del
trabajo; las relaciones afectivas y sexuales; la cooperación en empresas
comunes con otras personas; la participación en actos socio - culturales.
Toda
esta serie de actividades proporciona a nuestra vida psíquica, personal y
social, un gran enriquecimiento de la personalidad; crecimiento de la
autoestima; refuerzo del yo; valorización; consecución de un salario con el que
poder acceder a vivienda, vestido y alimentación; actividades lúdicas, etc. La
raíz de todo ello es el movimiento.
Mediante
las diversas actividades llevadas a cabo diariamente, el movimiento estimula no
sólo las funciones físicas del organismo, sino también las capacidades
mentales. Todo movimiento desencadena un manantial de sensaciones respecto a
nuestra realidad interior y a la realidad exterior.
Las
sensaciones propioceptivas son informaciones procedentes de los músculos,
tendones, ligamentos, etc., respecto al papel que están desempeñando en el
mismo proceso del movimiento. Informaciones sobre el estado de tensión, la
utilización de la energía, la relación con la gravedad, el equilibrio, la
posición de las distintas partes del cuerpo, la coordinación, el ritmo, la
precisión, la fluidez...
Las
sensaciones exteroceptivas son las procedentes del exterior, donde se
desarrolla el movimiento, sobre los objetos que recae la acción y la relación
que se establece con ellos. Asociadas y relacionadas con el movimiento, podemos
descubrir las sensaciones de peso, consistencia, resistencia, etc., en todos
sus contrastes y matices: liviandad, inercia, abandono, suavidad, blandura,
densidad. Se producen también las sensaciones espaciales de amplitud o volumen;
posiciones; trayectorias; las orientaciones arriba-abajo, adelante-atrás, izquierda-derecha;
la simetría y asimetría; y también las sensaciones rítmicas: el balanceo, el
acento, la pausa, la lentitud, la melodía.
Mediante
el continuo envío de informaciones sensoriales se mantienen vivificados el
sistema nervioso y las neuronas. Las sensaciones constituyen el alimento básico
del cerebro. Ellas generan el abundante crecimiento de las conexiones
neuronales; su excitabilidad y conductibilidad; su multiplicidad y diversidad
de comunicaciones, formando una entramada red de cadenas y circuitos.
A
la vez que las informaciones van llegando al cerebro, éste las registra, las
ordena, las procesa, las almacena y las organiza, para a continuación poder
utilizarlas convenientemente. Si no entra información no hay nada que
almacenar, ni organizar ni utilizar. Sin las informaciones sensoriales
propioceptivas y exteroceptivas, el cerebro estaría vacío, muerto.
Movimiento
y cerebro mantienen una conexión permanente. La entrada de información es sólo
una parte que en sí misma tampoco significa nada si no es utilizada de
inmediato y enviada nuevamente al exterior. Mediante esta doble vía de
transporte, la información entrante, una vez organizada por el cerebro, es
enviada hacia la periferia. De esta manera el sistema muscular, articular y el movimiento pueden
reaccionar, rectificar, aprender a coordinar y precisar la acción. La
experiencia constante, nos permite encontrar matices y diferencias en las
informaciones sensoriales; nos permite asociar unas con otras; compararlas,
analizarlas, ordenarlas y poder utilizarlas posteriormente. El aprendizaje es
una continua experimentación, un continuo tanteo con los objetos de nuestro
alrededor. Los desaciertos son rechazados y los aciertos gravados en el
cerebro, en los músculos y en el movimiento, formando pautas o esquemas simples
de comportamiento sobre los que se irán construyendo otros más complejos,
formando de esa manera el complejo edificio del conocimiento.
Moverse
es sentir, experimentar, aprender, conocer. La experiencia nos proporciona el
conocimiento personal e íntimo de las cosas y los acontecimientos, de donde
nace la relación consecuente entre sensación, acción y pensamiento. En primer
lugar el pensamiento es fruto de la acción consciente, en segundo término la
acción consecuente es fruto del pensamiento.
Mediante
la conjunción y complementación de las informaciones sensoriales y los mensajes
cerebrales, podemos llegar a conocer nuestro propio cuerpo -conocernos a nosotros mismos- y conocer la
realidad exterior. De aquí nace la conciencia de uno mismo, la imagen corporal,
la personalidad, la forma de ser y hacer. Sentirse a sí mismo es la matriz de
la imagen de uno mismo, de la auténtica personalidad. No podemos saber quiénes
somos sin sentirnos. El auténtico conocimiento nace de la sensación y la experiencia.
Nadie puede saber las cosas más esenciales sin haberlas sentido previamente y
solamente a través de esas primarias sensaciones y movimientos podremos después
llegar a imaginar lo no vivido.
Estructurar
los movimientos en el espacio real en que nos movemos y en el tiempo, propicia
la estructuración espacio temporal de la mente. Todos los aprendizajes se basan
en operaciones en las que se ordenan elementos en el espacio-tiempo. La
representación mental, -que es la capacidad mental de ver, imaginar,
estructurar en un orden determinado algo que no existe-, radica en haber vivido
y estructurado anteriormente el movimiento respecto al propio cuerpo y en
relación con los objetos que nos rodean.
Los
movimientos y las acciones producen emociones, sentimientos, imágenes o
fantasías con carácter agradable o desagradable. Toda acción produce un placer
o un displacer.
El
movimiento puede ser motivado por una reacción ante una sensación interoceptiva
procedente de los órganos y su funcionamiento o puede ser una respuesta a un
reflejo de orientación y adaptación al medio y por lo tanto, de investigación y
transformación. Puede ser inconsciente o consciente, involuntario o voluntario.
En todo caso, el movimiento es fuente de placer en sí mismo, un modo de satisfacción,
porque produce una descarga tensional y una liberación de hormonas, seguido de
un estado de relajación. Ha de ser así genéticamente para estimular su acción,
porque el movimiento es un comportamiento esencial para la vida, a través del
cual se satisfacen necesidades vitales. Pero a veces hay contratiempos, que
llevan ocasionalmente al displacer. Ya venga producido por sensaciones
interoceptivas o exteroceptivas, el movimiento se convierte en estas
situaciones en un medio de expresar el displacer y de huir de él para encontrar
nuevamente la tranquilidad. En este plano, el movimiento, la gestualidad, y de
modo general el cuerpo, están expresando siempre su estado de ánimo, sea
provocado por la actividad biológica del organismo, por la influencia del medio
exterior social, o por la interpretación y significación que la mente concede
al acontecimiento. Generalmente los tres aspectos actúan interligadamente y hay
que saber discernirlos. Estas interacciones modelan el cuerpo y el movimiento
configurando poco a poco, una actitud y una expresividad personales, reflejo
del modo de ser.
El movimiento constituye la
expresión primordial de las emociones. Cuando nos enfadamos, nuestros
movimientos son bruscos, violentos, podemos golpear, tirar las cosas. Cuando
acariciamos, nuestros movimientos son suaves, lentos, delicados. Emocionarse o
conmoverse significan movimiento hacia afuera o hacia adentro. Los músculos y
los movimientos son capaces de expresar todos los matices de las emociones. Son
éstas quienes confieren a la musculatura un alma.
La
expresión de las emociones favorece el estado de tranquilidad orgánica y
mental, propiciando además a la gestualidad y al movimiento, una gran
plasticidad llena de calidades y matices. Por el contrario, la inhibición y
represión de las emociones provoca una acumulación de tensión que bloquea el
organismo, el movimiento, la mente y la comunicación. Cuando esta situación
llega a hacerse crónica, el cuerpo puede adquirir una actitud hermética, ser
afectado por graves disturbios orgánicos, manifestar fatiga o depresión, tener
la mente aturdida y la comunicación rota.
Cuando hablamos con los amigos,
compañeros de trabajo, familiares, etc., les transmitimos nuestros
pensamientos, -elaborados a partir de las experiencias sentidas anteriormente-,
utilizando también movimientos. Aquí el movimiento está ejercitando una función
social, relacional y comunicacional.
Si para que las informaciones
lleguen al cerebro, los músculos han tenido que transmitírselas, para que
nuestros pensamientos puedan salir fuera de nuestra mente y los conozcan los
demás, el cerebro envía a los músculos la orden de convertirse en órganos
“expresores”. Al charlar, nos comunicamos esencialmente con un lenguaje verbal,
-con sonidos articulados, donde también intervienen los músculos-, pero por
debajo de ese lenguaje, como soporte de él y como enfatizador, existe otro
lenguaje distinto: el corporal. Mientras charlamos movemos nuestros brazos y
manos de determinada manera; hacemos movimientos con la cabeza; con las piernas;
con los pies; cambiamos la postura; mantenemos determinas poses; nos rascamos;
hacemos multitud de gestos con la cara; etc., etc. ¿Alguien es capaz de hablar,
de comunicarse y de expresarse sin hacer ningún movimiento?.
La
función biológica es el medio y el soporte imprescindible de las funciones
psíquica y social. Sin movimiento no hay psiquismo y no hay participación
social. Aun pudiendo distinguir objetivos diversos y variados en cada función,
la médula de esos objetivos, es un objetivo central común: la vida. Es inconcebible vivir desarrollando únicamente la función
biológica. Igualmente es inconcebible
una vida psíquica aislada, como tampoco puede serlo la vida social. Cada
función implica la existencia de las otras dos. Cada función potencia determina,
y condiciona la calidad de las otras dos y por lo tanto el objetivo primordial
de las tres: la vida.
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